el sufrimiento

En primer lugar, hemos de ver la vida en el cuerpo físico como un proceso importante para el desarrollo de nuestra alma.
El alma no es algo material o tangible,
pero se somete a los condicionantes del tiempo y del espacio, para limitar así
sus posibilidades de expresión y, con ello, adquirir conciencia de sí misma.
Se
somete a la percepción de lo finito, de lo que tiene límites en la duración y
en la extensión. De esta manera, va tomando noción del valor de su esencia: Infinita
en extensión (realidad unificada con todo el universo) y eterna en duración (pasado,
presente y futuro se aúnan en la realidad de "Ser")
El alma, aun siendo en esencia infinita
y eterna, va adquiriendo noción de sí misma a medida que vive el sentimiento de
"no ser". Desde este sentimiento irá percibiendo el de evolución o crecimiento
en el ser.
Partirá, pues, del sentimiento de "la Nada", adquiriendo el de ser una simple chispa viviente, a modo de subpartícula atómica deambulante por los campos de irradiación (realidad que ocupa todo en el Ser)
De las interacciones con los demás "brotes" de conciencia de ser, irán surgiendo sus factores de crecimiento. Pero no adquirirá conciencia de individualidad hasta que sus modos de expresión desde la nada hayan desarrollado lo que conocemos por sensitivismo o sensorialidad perceptiva, que es con lo que identificamos a la condición de ser que llamamos animal (aquí en sus primeros brotes unicelulares)
Sus modos de expresión previos a esto último, fue el mundo de vida que expresa el reino vegetal, donde su condición de finitud espacio-temporal dio lugar a una estructuración energética que le permitía influenciar y transformar elementos espacio-temporales más inferiores, que usó a modo de alimento para el establecimiento de sus formas de expresión y permanencia en la dimensión del espacio-tiempo donde se manifestaba.
Estructuración que dará lugar al desarrollo de un progresivo sensitivismo que, a su vez, culminará con la aparición de lo que llamamos cerebro, el cual irá dando pie a la aparición de emociones y sentimientos, a partir de lo cual consideramos el establecimiento de la condición humana de ser.
Será a partir de entonces, cuando aquello que empezó como chispa de vida, irá dando expresión al sentimiento del Libre Albedrío, una vez liberada su estructura de conciencia de la necesidad de deambular y someterse a la plataforma directora de una conciencia colectiva.
Sus apariciones en los planos del espacio-tiempo adquirirán los modos propios de lo que conocemos como "vida temporal", con alternancias de reapariciones y de finitud que posibiliten el anabolismo (asimilación) de las experiencias que vaya vivenciando.
Algo análogo a los procesos fisiológicos que ocurren en el cuerpo y en la mente a lo largo de las sucesivas alternancias de los días y las noches, y que nos sirve para comprender la necesidad de las sucesivas y constantes reencarnaciones, en las cuales el alma va retomando la opción de ser que dejó en una vida anterior, para desde ahí continuar evolucionando su personalidad, su conciencia de sí, de la que surgen los matices de su comportamiento.
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Es
así como el alma, con esa manera de ir retomando cíclicamente
la personalidad que tiende a expresar en esta dimensión espacio-temporal,
de finitud y limitación en el tiempo y en su alcance físico, va haciendo crecer
en ella el sentimiento de necesidad de lucha por la subsistencia material, ya
que inmersa en ella no percibe su realidad imperecedera, y se va atando a condiciones
y circunstancias vivenciales en los que apoyar o sustentar sus posibilidades de
permanencia en el único plano vivencial que percibe con los sentidos espacio-temporales
que ha ido desarrollando.
Pero como la vida no consiste en el mantenerse
en los modos y formas que el despertar de la conciencia ha ido necesitando para
ir creciendo o amplificándose, aquella irá llevando al alma hacia procesos que
la fuercen al desprendimiento de lo que ya no tiene sentido en su circunstancia
evolutiva actual, o de lo que es impropio de la evolución que debe ya expresar.
Es de esta manera, por aferramientos improcedentes a la condición o necesidades del alma, como irá surgiendo el sufrimiento o sentimientos de desgarro de algo que creemos o creíamos necesario en nuestra vida, por lo que de ella y de nosotros mismos concebíamos ser.
Nos aferramos al cuerpo y a las situaciones económicas, familiares y sociales; a los criterios de la personalidad que alimentan a las soberbias, a los orgullos y a las vanidades, etc. Y nada de ello es consubstancial con el alma, pues son simples plataformas perentorias por las que el alma habrá de transitar para llegar a comprender la realidad que es, transcendiendo las formas que sirvieron para adquirir esa conciencia.
Cuando el alma alcanza a conocer, en este nivel espacio-temporal, la realidad esencial que es y las leyes que rigen su crecimiento, los factores de evolución en base a desgarros (físicos o emocionales) van cediendo su lugar a otro tipo de factores, sustentados ahora en la voluntariedad que dimana del entendimiento, siendo así como el binomio aferramiento-desgarro es sustituido por el de entendimiento-voluntad, donde dejará de existir el sufrir y se impondrá la alegría del saberse evolucionar.
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Llegado a este punto del desarrollo de este texto, pudiera pensarse que quedan aquí un tanto descolgados de justificación ciertos casos de condiciones orgánicas y cerebrales que causan importantes afecciones en los sentimientos humanos, como pueden ser los nacimientos de niños mongólicos o con cualquier otro tipo de discapacidades o de taras, por lo que podamos creer que dificultan el proceso evolutivo de sus almas.
Si hemos comprendido el alcance de lo que dije de que un alma ha de retomar la circunstancia y personalidad que le caracterizó en su expresión anterior a su presente manifestación física o espacio-temporal, es decir, en su encarnación anterior, nos será fácil concebir que su circunstancia actual tiene todo que ver con lo que fue generando en su organismo en su vida física anterior, así como también con el proceso por el que tenga el alma que pasar para dar rumbo notoriamente distinto a su inercia de comportamiento o a su experiencia vital.
La vida aprovechará la circunstancia del proceso personal de esa alma, para incidir a través de ella, por las circunstancias personales que la envuelven, en aquellos que vayan a formar su familia actual y su contexto social, en cuyas mutuas interacciones e influencias encontrará cada cual su siguiente peldaño evolutivo a vivenciar.
En estas interacciones, dentro del grupo familiar especialmente, la realidad cuántica impersonal de los diferentes valores humanos adscritos a cada atmósfera social, operará en los diferentes individuos potenciando o debilitando los valores que tengan que ser modificados en la realidad a poder expresar por cada cual.
Las expresiones de vida a lo largo de sucesivas reencarnaciones, no tienen por qué sufrir altibajos notables cuando la personalidad vivencial espacio-temporal de un alma ha adquirido rasgos de estabilidad. Mas cuando no existe esa estabilidad o concreción del área de sus motivaciones y necesidades de desarrollo, pueden surgir aparentes saltos de circunstancias vivenciales, pero nunca desmarcados del campo de motivaciones causadas por el sentir y proyección vital interior del sujeto, tal como pudiera ocurrir a lo largo de una vida de dicho sujeto por accidentes o traumatismos, movidos siempre desde los procesos internos del alma, por sus propias necesidades de expresión vivencial.
Incluso los cambios de sexo de una vida a otra, están regidos por las posibilidades de definición de la fisiología psico-física que caracteriza a la condición alcanzada por cada individuo.